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El reino de Dios es un reino que transforma la realidad histórica social injusta desde su bondad y misericordia. Ese reinado de Dios comprendido como liberaciónno sólo como acción benéfica, y como parcial, pues los oprimidos están en el centro de la mirada y la acción de Dios.
Comprendida desde una acción social y teologal que pasa liberando a los pobres de y marginados de la sociedad actual. Reino, reinado, Jesús, pueblo, Injusticia social, liberación, pobres, anuncio.

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El comentario de Jon Sobrino invitan a la Iglesia a prepararse para la Cuaresma del año 2012, iniciando con una pregunta reflexiva y comprometida desde el documento de Medellín: con Medellín Dios pasó por América Latina. ¿Con quién pasa ahora?"El Paso de Dios" tocó muy profundamente a la Iglesia y la configuro con la fe de muchos para proclamar al Dios de los pobres, de los oprimidos, Dios entro en la historia Latinoamericana. Desde esa irrupción de los pobres, y de Dios en ellos, Medellín pensó qué es ser Iglesia, cuál es su identidad y misión fundamental, y cuál debe ser su modo de estar en un mundo de pobres. La respuesta fue "una iglesia de los pobres”, semejante a la ilusión que tuvo Juan XXIII y el cardenal Lercaro. En el concilio no prosperó, en Medellín sí. La Iglesia sintió compasión por los oprimidos y decidió trabajar por su liberación. Por muchos, con mayor o menor conciencia explícita, fue acogida como bendición. Por otros, fue percibida, con razón, como grave peligro.

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El presente artículo describe el impacto que se da ante el cambio que se genera en la Iglesia con el Concilio Vaticano II y la Teologia de la Liberación en el pueblo latinoamericano, dos fenómenos que marcan la historia de la nueva evangelización en Latinoamericana.

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El compendio comprende una re lectura del proceso histórico de la Iglesia, teniendo en cuenta que la Eclesiología tiene un papel muy importante es este proceso histórico. Contiene una amplia literatura y bibliografía.
Más que buscar los significados de los conceptos, se trata de encontrar y apuntar significados y perspectivas de forma trasversal a lo largo de la historia, que comienza en Río de Janeiro y va hasta Aparecida, bislumbrando los caminos recorridos a partir de esta contribución latinoamericana.
Historia, Iglesia, Eclesiología, proceso, Comunidad, pueblo de Dios, Latinaoamerica.

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En el proceso de la relación de la CEBs se contempla su operatividad en dos principales funciones: articulación y coordinación. La articulación es una creación de la comunión entre América Latina y el Caribe a nivel local, regional y continental, que ayuda a recoger, sistematizar y compartir las experiencias más significativas de las CEBs en el continente, animar la la red de asesores y su servicio, incentivar la formación en todos los niveles, promover la unión intereclesial.

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El Vaticano II nos animó a revalorar la íntima relación que existe entre la Eucaristía y la Iglesia, y entre la Eucaristía y la Vida. La Iglesia en el Sacramento expresa su comunión con el Señor y la comunión fraterna y su dimensión de fermento de fraternidad en el mundo. La Eucaristía recuerda a la Iglesia su naturaleza: ser Comunidad.

 

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El pasado 6 de noviembre el cardenal Sarah, presidente del Pontificio Consejo Cor Unum, declaro que “aun entre los bautizados y los discípulos de Cristo hay actualmente una especie de apostasía silenciosa, un rechazo de Dios y de la fe cristiana en la política, en la economía, en la dimensión ética y moral y en la cultura post-moderna occidental”. Son palabras duras, pero certeras y valientes, que merecen un análisis.
La razón de este fenómeno ya fue dada en el Concilio Vaticano II, cuando se advertía que “La ruptura entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerada como uno de los más graves errores de nuestra época”. En efecto, un cristiano que de verdad crea no puede reducir la proyección de su fe al ámbito privado. Necesariamente tiene que proyectarla “en la política, en la economía, en la dimensión ética y moral y en la cultura”.
Tampoco cabe la incoherencia de “creer” una cosa y “actuar” de modo distinto. El cristianismo exige la unidad de vida, pues -como señalara en 1986 la conferencia Episcopal Española en su Instrucción Pastoral Los católicos en la vida pública- “Cuando un hombre o una mujer viven intensamente el espíritu cristiano, todas sus actividades y relaciones reflejan y comunican la caridad de Dios y los bienes del Reino”. Y justamente de eso trata la última encíclica, Lumen Fidei, a la que prestaremos en los próximos números una atención destacada.

Esta edición de Signos de Vida se propone no seguir las normas de las ediciones anteriores, que fueron publicaciones temáticas. Aquí lo que se propone es romper esta norma en forma y contenido. Los artículos no tienen un tema común. Lo que se propone aquí es ser diverso, con el único compromiso de ser cuestionador de lo comúnmente aceptable como ordinario y natural. Esta propuesta tiene el objetivo de profundizar nuestra reflexión. Así como los niños y niñas que nos desesperan con su insistente “porqué?” a todo lo que a nosotros parece lógico y aceptable.
El profesor y ex sacerdote argentino Ariel Álvarez Valdés ya lo conocemos por sus miradas inquietantes hacia los textos bíblicos. Ahora Ariel pregunta: “de dónde sacaron la idea de que Jesucristo era sacerdote?” La dominicana-costarricense Tirsa Ventura cuestiona lo que aparentemente aceptamos como “cumplimiento de los deseos de Dios” y pone debajo de la luz la trampa de la violencia contra niños y niñas, mujeres y hombres que optan por el silencio o son silenciadas frente a una práctica que no parece tener fin. José Duque habla de una revelación que tiene en un momento de oración de intercesión por las víctimas de la violencia en Colombia. La respuesta de Dios no se da de manera violenta, con terror, miedo, escenarios pesimistas con tragedias o catástrofes.

El proyecto legislativo sobre “matrimonio” homosexual aprobado por el Ejecutivo de François Hollande ha desatado una respuesta inopinada de la ciudadanía francesa. Con un programa próximo al zapaterismo en materia ideológica, los socialistas galos se las han tenido que ver con manifestaciones multitudinarias a pocos meses de unas elecciones que ganaron con relativa comodidad. Las características de estas movilizaciones se pueden resumir en tres elementos destacables: no han sido auspiciadas ni manipuladas por la oposición conservadora, sino que han brotado espontáneamente de la sociedad civil; han subrayado más el carácter positivo de la reivindicación (la defensa de la familia tradicional) que el negativo y, en último lugar, articulan un movimiento transversal –del campo a la ciudad, de elementos religiosos con otros meramente políticos, interclasista, interracial y probablemente incluso interpartidario.
Pero muy por encima de todo ello conviene resaltar el elemento simbólico que en nada podemos considerar simplemente anecdótico. En efecto, Francia no sólo es la cuna de la Ilustración liberal, sino que es además el país con más larga tradición laicista del mundo occidental. De ahí que las manifestaciones por la familia tradicional hayan sorprendido, más allá de la intelectualidad francesa –acomodada a un progresismo de salón autorreplicante–, a toda la sociedad europea. Si en mayo del 68 las calles fueron tomadas por estudiantes ideologizados en un neomarxismo alternativo (el “sesentayochismo”), treinta y cinco años más tarde, también en mayo, quienes han levantado su voz han sido aquellos que defienden el sentido común de la tradición y de los valores. Un político del fino olfato de Nicolás Sarcozy ganó las presidenciales galas hace cinco años con el lema (premonitorio) de “hay que enterrar el sesentayocho”. Todos estos datos son ciertamente alentadores en tanto que desvelan un subyacente inequívoco de anhelo por las raíces cristianas en un país, como Francia, que ha sido icono histórico del progresismo laicista.

El testimonio que nos ofrece en exclusiva, en este número de EL PENSADOR, el histórico Lech Walesa “vale -como dice el dintel de una de las villas de Pompeya- su peso en oro”. No es sólo cuestión de que un premio Nobel de la Paz conceda su tiempo y regale sus confidencias más íntimas a un modesto medio como este, sino que sobre todo es la carga de profundidad de sus palabras las que hacen de esta entrevista un documento a tener en cuenta por los historiadores cuando se acerquen a la caída del comunismo en Polonia, antesala del colapso de todo el entonces denominado Telón de Acero. En efecto, Walesa tiene toda la razón cuando reivindica que la caída del Muro de Berlín no fue sino una consecuencia de un complejo proceso que tuvo su origen en Polonia. Colocar el Muro de Berlín como icono de la caída del comunismo soviético es, en cierto modo, tratar de hurtar el papel de la Iglesia en este acontecimiento histórico, pues este protagonismo católico sobresale a todas luces en Polonia con perfi les mucho más precisos e inconfundibles que en la Alemania oriental. Cuidado pues con ciertos iconos que no hacen justicia pero que en cambio obedecen a intereses ideológicos inconfesables.
Hablamos del valor histórico de esta entrevista y ello es así esencialmente por cuanto el protagonista político de la democratización polaca (reconocido así internacionalmente y desde el principio, en 1983, con sucesivas portadas de la revista Time o con la misma concesión ese año del Premio Nobel de la Paz) admite públicamente el papel jugado en aquellos años por la Providencia divina. La intervención de Dios en la Historia de los hombres se hace patente también en el colapso del comunismo polaco y, con ello, protagoniza desde el principio la sucesiva caída de las piezas del dominó hasta la completa democratización de la Europa del Este, como por otro lado nos había anunciado la Virgen en sus apariciones en Fátima.

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